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jueves, 3 de abril de 2014

Reflexión acerca de la docencia

Aún me acuerdo de aquellos momentos en que estaba en la universidad. Son lindos recuerdos porque, aparte de haber conocido a muy buenas personas, aprendí a valorar la labor docente. Obviamente, si uno como docente no sabe valorar su propio quehacer, la verdad es que, viendo la realidad, nadie lo hará. Y cuando digo nadie, es nadie. Ni las instituciones, ni la sociedad, ni los padres, ni los alumnos lo hacen. Triste, pero cierto. Y cuando digo "valorar," no significa celebrar al profesor una vez al año, ni tenerle lástima  por las horas que trabaja, o por el desgaste físico y emocional, o por los bajos sueldos. A lo que me refiero es a ser más concretos. Y es aquí donde quiero enfocarme en un acto concreto que está enlazado con el motivo de mi reflexión.  Y otra vez quiero regresar a lo de la universidad: ahí aprendí  que la educación es en sí un acto comunicativo. ¿Y qué es un acto comunicativo? Es un proceso de emisión y recepción de información. Sin embargo, ¿puede haber acto comunicativo si el que se supone que debe recibir no quiere recibir? ¿Se puede comunicar si se coloca una barrera psicológica? ¿Se puede aprender en ese contexto? Pues no... No se puede. Y es una lástima que cada día existan receptores con muchas barreras de por medio. Y como en todo acto comunicativo los roles se intercambian, ¿cómo te sentirías al no ser escuchado, a que te den la espalda, a que se rían en tu cara? Al menos sé que bien no vas a estar. Entonces, volviendo al punto inicial, ¿cómo puedo valorar a un profesor? Pues escuchándolo. Así no sólo lo harás sentir anímicamente bien, sino que te beneficiarás tú ya que aprenderás más. Además, la satisfacción de un docente al ver aprendizajes es incalculable.
Haz caso, sal de las cavernas y empieza a hacer no lo que tus instintos te dicen, sino lo que lo que te dice tu razón, que es lo que más te conviene.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Ser profesor, ¿ahora qué es?

Érase una vez una sociedad en la cual la mayoría tenía la noción de respeto a cualquier docente. Y no digo todos, porque como en todo cuento, siempre hay ciertos personajes medio descocados. Pero los había. Al menos mi mamá me contaba que los padres apoyaban las decisiones de los profesores, los estudiantes obedecían las normas, sabían cuándo guardar silencio y escuchar, etc. Mientras escuchaba todas esas historias me decía a mí misma "Bueno, al menos el hecho de ser profesor te ofrece respeto y autoridad, y al mismo tiempo contribuyes a la sociedad de una forma tan noble como la de formar personas". Todo era hermoso hasta ahí.

Sin embargo, como toda historia, no todo es color de rosa. Los tiempos cambiaron, la filosofía de la era actual es la de un relativismo moral atroz que te lleva a hacer lo que se te antoja porque todo está permitido. Nada es malo, todo es bueno, pues ahora es mejor vivir sin  normas a que te digan qué cosas están bien o mal.  Y así todos se dejaron llevar por esa ideología, y, aunque no lo crean, también se filtró en la familia y en la escuela. Y así toda la historia cambió. Ahora, es triste saber que en retribución al trabajo arduo de un docente (pues a diferencia de otros, sigue trabajando en su casa de Lunes a Domingo, carga con los problemas de otros, busca estrategias para el bienestar de otros, etc.), lo único que recibe son indiferencias  estúpidas comparaciones, falta de respeto, falta de apoyo por parte de los padres ya que su sobreprotección los ciega, etc. Y todo por complacer nuestros instintos, nuestros deseos que buscan liberarse de toda norma.

Si escribí esto es para mostrar lo que se vive cada día en las aulas, mostrar  parte del mal que ha traído consigo el relativismo, ya que confunde a las masas, y para que de alguna forma como sociedad tomemos consciencia de la importancia de los docentes dentro de la sociedad. No somos trapos, no somos niñeros, no somos sirvientes; somos profesionales que por esta carrera dejamos muchas veces de lado partes importantes de nuestras vidas.

Como leí por ahí, una sociedad que no respeta a sus maestros, es una sociedad condenada al fracaso.

Fabiola R.O